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Caminando con Silverio

La lección de los adultos mayores

Yo juraba que era el mayor entre las ciento setenta personas que divididos en seis grupos estaríamos haciendo El Camino de Santiago en el mes de octubre, por los campos de Galicia, desde Baiona hasta Santiago de Compostela. Y como tal, me comportaba, administrando bien mis energías, no excediéndome en caminar para proteger mi espalda y descansando lo más posible. Pero de pronto, en la medida en que los grupos fueron llegando a la Plaza Obradoiro, que es el destino final del Camino, a través de las entrevistas que fui haciendo descubrí que había personas mucho mayores que yo, que habían completado todas las rutas y estaban fresquecitas. Obviamente estas personas tenían una relación emocional con su edad mejor que la que yo tenía. ¡Qué enseñanza!

A veces esos conceptos como la edad nos limitan pues nos apegamos a lo que la sociedad dice que debe ser el comportamiento de “un adulto mayor de 75 años”. Cuando rompemos con esos paradigmas impuestos por las creencias que adoptamos a través de lo que leemos, vemos o escuchamos, se abre un mundo de posibilidades.

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Don Julio es un buen ejemplo de ello. A los 78 años hizo El Camino con nosotros en el 2022. Tanto le gustó que tomó la decisión de hacerlo otra vez. Un cáncer se interpuso en su camino, pero lo enfrentó con la misma valentía que antes, recorrió los sobre 140 kilómetros entre Sarria y Santiago. Ayer lo recibí en el Parque de la Alameda, a una cuadra de la Catedral de Santiago de Compostela, libre de cáncer y con una sonrisa en el rostro que de recordarla me emociono.

A sus 80 años, acompañado de su hermosa esposa Damaris, que anda por ahí cerquita en edad, y un hijo que vino de Arizona a acompañarlos, completó su Camino de Santiago, esta vez desde Baiona, con tormentas, lluvias, frío y muchas subidas y bajadas. ¡Qué gran lección nos ha dado don Julio! Se convirtió en la fuente de inspiración para muchos que ante la primera protesta de alguna parte del cuerpo permitían que por lo menos les cruzara por la mente el “no puedo”.

Seamos como don Julio y descubramos su secreto: una eterna sonrisa en su rostro, que le sale del alma, del convencimiento de que la edad no me limita, solo me pone unos retos que estoy dispuesto a enfrentar. Don Julio, ¡buen camino!

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